Cuando te separas de tu compañer@ de viaje de largo recorrido, y si además los lazos han sido profundos y han dado sus frutos e hij@s, no solamente te separas de el/ella, sino que lo que realmente estás haciendo es separarte de una parte de ti mism@ ligada a un sistema, una forma de vida, una forma de amar, una forma de estar y ser en la vida.
El desgarro proviene de esa escisión dentro de nosotr@s, de soltar lo que ya no es, de enterrar lo que ya no da vida…
Es un cambio, una muda de piel completa, un salto al vacío. Una muerte para renacer.
El duelo invita a atravesar el dolor, la rabia, la frustración…. de lo que ya no es y no eres, para acoger a lo que se va haciendo y siendo. Y esto siempre es complicado. Es confiar en que tras el salto hay una red invisible que te sostiene, que te contiene para “ser de nuevo”. Confiar en que tras el salto, volverás a respirar. Y esta decisión, no se toma con la cabeza, más bien es el cuerpo quien te lleva.